Discriminación permitida

Ser de tez morena o blanca, tener estatura pequeña o alta, tener sobrepeso o no, aparentar una cierta clase social y ser o no atractivo, son algunos de los aspectos que muchos «cadeneros» en antros analizan para poder determinar que una persona tenga acceso o no al establecimiento.

Las discotecas, bares o antros se han convertido en un lugar en el que se practica la discriminación a la vista de todo el que los visite. Discriminar es justamente la labor de los denominados «cadeneros», quienes trabajan como parte del equipo de seguridad de los establecimientos y que, como parte de su trabajo, permiten o niegan la entrada a las personas al lugar. Los antros pueden reservarse el derecho de admisión debido a que reclaman un cierto código de vestimenta, sin embargo el acto discriminatorio va más allá.

En México ser juzgado en la entrada de estos locales por tu color de piel, estatura, peso, aparente clase social y todo factor que intervenga en tu apariencia física, es solo un de los filtros por los que tenemos que pasar para tener acceso a estos lugares.

El artículo 1ero. de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece que

Queda prohibida toda discriminación motivada por origen étnico o nacional, el género, la edad, las discapacidades, la condición social, las condiciones de salud, la religión, las opiniones, las preferencias sexuales, el estado civil o cualquier otra que atente contra la dignidad humana y tenga por objeto anular o menoscabar los derechos y libertades de las personas.

El «staff de seguridad» en los antros hacen de la violación de este artículo una práctica habitual y acostumbran a una parte de la población mexicana a ser víctima de discriminación y a otra, de aceptar que esto ocurra. Este último sector, es el que mayormente promueve el acto discriminatorio y en mi parecer, es el mayor problema de nosotros los mexicanos.

Tomemos en cuenta que somos potenciales clientes del lugar y que en nuestras manos está el poder de que estos lugares sigan existiendo gracias a los ingresos que nosotros les proporcionamos, y por tanto que continúen excluyéndonos por nuestra apariencia física. No obstante, parece que nos gusta que se violen nuestros derechos: hacemos filas eternas, rogamos para que no dejen pasar y para colmo, dejamos un promedio de $330 pesos por persona (en el caso de los antros) Condusef.gob Nuestra forma de condenar la discriminación en estos lugares, podría ser ayudando a que dejen de existir. ¿De qué forma? No asistiendo y por tanto, no proporcionarles los ingresos que fortalezcan su permanencia, puede ser la solución más sencilla y al alcance de nuestras manos.

Recordemos el famoso dicho:

Tanto peca el que mata a la vaca como el que le agarra la pata.

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